noviembre 30, 2010

Zen

Los dibujos de la cortina dicen la brisa que busca entradas diversas y dibuja volúmenes con sus bondades.
Los pájaros acentados cómodamente sobre el techo olvidado de la antigua escuela, hoy en abandono, dejan pasar las horas haciendo del calor su caricia más deseada.
La mirada busca respuesta en el lejos de tus ojos, perdidos entre tanto infinito.
Los muros son los límites a esta dispersión
El cotidiano trae escapismos y equilibrios.
Una sensación de vértigo y angustia se encaja en el pecho
Una palabra tuya bastará para sanarme...

Exudo tu nombre.
Llega al oído una desesperanza.

Una desesperanza enumera la ausencia.

Estoy sorprendidad de la hostilidad del tiempo.

La casa es diáfana, translúcida, virginal.

Te amo en la espezura de los árboles
En la quietud de las palomas que toman sol en el techo del olvidado colegio.
En la profundidad del pensamiento.
En el sonido de las cuerdas tocadas por niños.
En la silente soledad de los amantes

En las lágrimas después de amar

En el paso que das en la distancia.

Si no fuera por el calendario mensual, hoy pensaría que el tiempo es sólo la sensación de no estar.

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e s p a c i o s

Aquí donde se ve y no se ve todo, donde las palabras abundan y los sonidos son escasos, aquí estan mis latidos más internos y los más cotidianos, publicados sin saber el destino, pretendiendo que mi historia quede en el ciber espacio, deshabitado y poblado de sueños al mismo tiempo, como lo que somos, nada y todo.