A un muchacho increíble...
Esto es un grito que viene con la furia más avasalladora.
En tus olas bravías mar, tragaste su vida, ¡te culpo mar de su partida!. Pido justicia o un consuelo.
Era un gran pequeño, la vida se le ofrecía esplendorosa, pero tú mar, con tu arrogancia eterna, cogiste de su cuerpo, sus pies, sus cabellos y lo arrastraste sin clemencia.
En tu cadencioso andar, hiciste danzar su cuerpo hasta que se confundió con tu oleaje, pero una oración, una clemencia, te doblegó la mano mar, y lo tuviste que entregar, lo anclaste en el puerto, para que el llanto tuviera consuelo y esta buena vida de Roberto hiciera florecer en su tumba los sueños de quienes lo lloran.
26 Febrero 2005
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